Llevo desde entonces dándole una ración al día, mezclada con la comida. Dos gramos, un cacito raso, y ya está. Sabe a bacon, así que no hay negociación posible: se lo come antes de que termine de removerlo.
Y ahora te cuento qué pasó, sin adornos, porque prefiero que te fíes de mí.
El bulto sigue ahí. No he visto ninguna transformación milagrosa y no te la voy a vender.
Lo que sí cambió fue todo lo demás.
Mi mañana dejó de empezar con el ritual de tocarle el costado con el estómago encogido. Empezó a empezar con un cacito en el bol.
Parece una tontería. Para mí no lo fue. Pasé de mirarla a hacer algo por ella. Todos los días, a la misma hora, sin dramas. Y eso me devolvió una cosa que llevaba meses sin tener: la sensación de estar de su lado, y no de espectadora.
Las revisiones las seguimos haciendo igual, con el mismo veterinario, en las mismas fechas del calendario. Eso no lo cambia ningún bote y no debería cambiarlo.
Pero ahora voy a esas revisiones tranquila. Y once años dan para muchas mañanas.